Los hermanos Juan Pablo y Augusto Mirolo volverán a compartir camiseta en el Seven de Tafí del Valle, defendiendo los colores de Santiago Lawn Tennis (A Nation) en la próxima edición del tradicional torneo. No es un dato menor: los separan nueve años de edad, distintas etapas de vida y hasta experiencias internacionales, pero los une algo más fuerte que el calendario o la competencia: una historia familiar atravesada por el rugby y por el club.

Juan Pablo, de 38 años, es el mayor. Augusto creció viéndolo entrenarse, jugar y liderar. “Venimos de una familia muy ligada al rugby. Arrancó mi viejo, después un tío, mis primos… los domingos en mi casa siempre fueron comer algo y hablar de rugby”, cuenta “Juampi”. El club es parte de la identidad familiar desde hace más de cinco décadas y fue el escenario natural en el que ambos se formaron desde infantiles, viajando por el país cuando en Santiago del Estero había pocos clubes y la competencia obligaba a salir a buscar roce afuera.

El recorrido de Juan Pablo lo llevó a debutar en Primera en 2005. Augusto, todavía chico, miraba desde abajo. El reencuentro dentro de la cancha llegó en 2014, cuando el menor subió al plantel superior. “Ahí empezamos a compartir Primera y muchas veces se daba lo que más nos gustaba: jugar juntos de 9 y 10, conducir el equipo”, recuerda el mayor. Más allá de los puestos, la motivación estaba en compartir entrenamientos, objetivos y vestuario.

El camino, sin embargo, no fue lineal. La pandemia abrió una etapa de experiencias en Europa: España, Italia y Francia. Vivieron juntos en Valencia, jugaron algunos partidos y luego cada uno siguió su recorrido. “Después de casi tres años sin jugar juntos, volvimos a coincidir en la Primera del club cuando yo regresé a Argentina y él volvió de París. Eso fue muy especial”, resume Juan Pablo.

Para Augusto, la historia se cuenta desde otro lugar. “Desde que nací iba al club a ver jugar a mi viejo, a mi tío y a ‘Juampi’. A los cuatro años ya estaba entrenándome”, recuerda. Juega de apertura o de fullback, y admite que compartir cancha con su hermano fue siempre un sueño. “Primero fue verlo tantos años en Primera, después llegar yo y poder jugar con él. Es un orgullo enorme”, confiesa.

En el césped de Tafí del Valle, Juan Pablo y Augusto volverán a hacer lo que hicieron toda la vida: jugar al rugby en familia. Y eso, a esta altura, vale tanto como cualquier resultado.